Comienzo yo: Lo acepto. Estoy perdido.
Si tienes prejuicios contra el hecho de estar perdido, posiblemente etiquetes mi situación de mala. O quizás, si tu lado oscuro tiene permiso para salir, sientas alegría con mi confesión. Tal vez alivio. Como cuando escondías la hoja de tu examen contra tu pecho mientras esperabas saber que alguien más también se aplazó. Mejor no ser el único, ¿no?
Lo cierto es que para encontrar, primero hay que estar perdido. Y para estarlo, hay que aceptarlo. Y para eso, tienes que estar listo para que tu familia, tus amistades y tus círculos te juzguen. No por maldad, sino por miedo. Toda esta cadena te obligará a preguntarte si estás listo para confrontarte. Y si no lo estás, no pasa nada. Te pones el traje, la máscara y aquí “no pasó nada”. ¿Entiendes? NO PASÓ NADA. No cambia nada.
Voy a insistir en que lo aceptes.
Imagina que estás caminando por el barrio más peligroso de tu ciudad. ¿Lo tienes? Ahora imagina que tu orgullo no te deja aceptar que estás perdido. ¿Qué va a pasar? Posiblemente pagues las consecuencias del entorno y ¡ZAS! Te miden el aceite.
Segundo escenario: Aceptas que te desubicaste. Llamas a un amigo, a tu papá, o preguntas a un vecino, y en nada estás de vuelta en un lugar más seguro.
Creo que me hice entender.
Vuelvo a mí. Ahora que (creo) que ya dejamos los prejuicios atrás. Estoy perdido porque hoy no tengo las certezas que solía tener. No sé si alguna vez has experimentado esa sensación de estar absolutamente seguro de algo. Ese momento en que, aunque baje Jesús y te diga: “No vayas por ahí, hijo mío”, tú le responderías: “¡Es que POR AHÍ ES, YISUS!”
Cuando lancé mi podcast, no me entraba un pelo de duda de que debía hacerlo. Por trabajar más, cruzaba las piernas para no ir al baño. Me olvidaba de comer. Aprender me era fácil. Llenaba mis documentos con información para definir mis metas. Nadie podía convencerme de no caminar hacia allí. No se trataba de dinero, ni de alzar mi nombre, ni de lograr algo. Era un impulso puro. Un deber.
El 3 de febrero de 2016 lo lancé y me cambió la vida.
Eso es una certeza y extraño esa sensación...
Hoy en día hay un factor que hace la absoluta diferencia para encontrar una certeza: las redes sociales.
El 2025 no es lo mismo que el 2016. Todo el mundo se la pasa gritándote que vayas por su camino. Reels, estados, TikToks y podcasts diciéndote que seas más fit, más hippie, más ahorrador, más guapo, más [añade lo que tus influencers te están queriendo convencer]. No digo que eso sea malo, pero date cuenta… esos caminos puede que HOY NO SEAN NECESARIAMENTE TUYOS.
El entorno digital en 2025 no te da certezas, te da tendencias.
Las tendencias son un combustible de baja calidad: arruinan tu motor y te llevan hasta por ahí. Mientras tanto, las certezas, esas que vienen de un lugar misterioso en tu interior, marcan un norte claro. La aguja, tensa y firme, apunta la dirección. No tienes idea de por qué, pero sabes que DEBES ir por ese camino.
Entonces, si estás perdido, lo aceptas y guardas silencio el tiempo suficiente, algo sucederá...
En el peor de los casos, te moverás de donde estás sin que mucho pase (o te medirán el aceite).
Y en el mejor, por fin escucharás ese susurro de claridad que necesitabas.
¿Nos alejamos del ruido?
Luis
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